Doctor&Cols — colectivo de mentoría dental
T1·E11· 47min· 15 de julio de 2026

La formación real que nadie te contó

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Sinopsis

Dos cirujanos orales que combinan clínica y docencia hablan de lo que no aparece en ningún temario: la gestión que nadie enseña, la soledad del primer año, los errores que se recuerdan veinte años después y el criterio para decidir a quién no se le hace un tratamiento.

Ideas clave

  • 01El hueco de la formación no es clínico, es administrativo. Hacerse autónomo, entender el IRPF, saber que la profesión no lleva IVA o contratar la responsabilidad civil se aprende por ensayo y error, y es lo que más descoloca al salir.
  • 02Lo que más pesa en los primeros años es perder la red. En la facultad hay un profesor detrás; en la clínica la responsabilidad es íntegra de quien mete la mano, y aprender a sostener eso es parte del oficio.
  • 03La memoria profesional está sesgada: del noventa y cinco por ciento de casos que salen bien no queda recuerdo, y de un error de hace dieciséis años se recuerda incluso el trayecto en coche. Ese sesgo alimenta el síndrome del impostor.
  • 04La curva quirúrgica no se salta. Antes de una regeneración vertical hay veinte horizontales detrás, y avanzar exige asumir fracasos y tener siempre un plan B, porque parte del resultado depende del paciente y no del cirujano.
  • 05Un fracaso mal acompañado bloquea una técnica para siempre. Si un alumno vive una complicación sin apoyo, no vuelve a intentarlo; la función del docente es hacer que repita, no que evite.
  • 06La honradez terapéutica es una decisión individual: la responsabilidad no es de quien vendió el presupuesto, sino de quien opera. El filtro práctico que ordena el criterio es no hacer a nadie lo que no le harías a tu padre.

Sobre este episodio

La conversación empieza donde acaba el plan de estudios. Al salir de la facultad, lo que descoloca no es la clínica: es hacerse autónomo, entender el IRPF, saber que la profesión no lleva IVA, contratar un seguro de responsabilidad civil, negociar tiempos y condiciones. Ambos invitados coinciden en que la asignatura ausente es gestión, y que cabría desde primero acortando otras materias que en la práctica diaria no se usan.

El segundo hueco es más difícil de nombrar: la soledad. En la universidad hay un profesor detrás; en la clínica la responsabilidad recae íntegra sobre quien tiene la mano dentro de la boca. Ese salto —no la técnica— es lo que más pesa en los primeros años.

Hay un tramo sobre el ego que la conversación aborda sin rodeos. La odontología tiende al ego, pero la profesión lo corrige rápido: el primer paciente que se complica, la primera gestión mal hecha, la primera revisión de Hacienda. Y el reconocimiento real, dicen, va hacia el perfil opuesto: quien publica, enseña y sigue siendo humilde funciona como referencia precisamente por cómo es, no por lo que hace.

Los errores se cuentan con nombre y detalle. Un primer implante que no pudo colocarse porque el hueso estaba hueco. Otro colocado con el motor en el modo equivocado, entrando a cien vueltas. Treinta y cinco radiografías periapicales por miedo a haber tocado una raíz. La lectura es clara: de las veces que salió bien nadie se acuerda; del error de hace dieciséis años, sí. Ese sesgo de memoria explica buena parte del síndrome del impostor que ambos reconocen como generalizado en la profesión.

Sobre gestión de equipo, la frase que resume el capítulo es que delegar es imprescindible pero hay cosas indelegables, y que la rotación permanente —un dentista nuevo cada seis meses, un higienista cada tres— es lo que más penaliza, también a ojos del paciente, que está harto de que le vea alguien distinto cada vez. Y hay una crítica directa a las condiciones que hacen imposible trabajar bien: quince minutos por paciente y porcentajes irrisorios.

El tramo más incómodo es el de la honradez terapéutica. Un paciente de ochenta años puede llegar con un presupuesto ya vendido de doble elevación de seno, regeneración del maxilar y seis implantes cuando el caso se resuelve angulando implantes o poniendo implantes cortos. La responsabilidad, insisten, no es de quien vendió el tratamiento, sino de quien mete la mano. El criterio que ordena la decisión es el mentor citado en el episodio: no hacer a nadie lo que no le harías a tu padre.

Cierran con una respuesta afirmativa a la pregunta de si en España se forma bien: las dudas de un alumno de quinto son las mismas de hace veintidós años, y el objetivo del grado —diagnosticar bien y saber derivar lo que no se domina— se está cumpliendo. El consejo para quien empieza a dar clase: paciencia, y no dejar que un alumno justifique un sobretratamiento por necesidad curricular.

Participan Daniel Robles Cantero, cirujano oral e implantólogo, doctor en Ciencias Dentales y director académico y clínico en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, y José Ángel Fernández García, cirujano oral centrado en cirugía bucal, implantología y regeneración ósea, y profesor clínico en programas universitarios.

En este episodio

  1. 3:20Lo que nadie te contó: autónomo, IRPF y responsabilidad civil
  2. 7:00La soledad del primer año: sin nadie a quien levantar la mano
  3. 10:40La asignatura que falta: gestión de clínica desde primero
  4. 15:00El ego de la profesión y cómo la clínica lo coloca
  5. 19:40Los primeros errores en implantología, contados sin filtro
  6. 25:00Delegar, lo indelegable y la rotación del equipo
  7. 29:20Mentores y referentes: a quién se recuerda y por qué
  8. 34:10Síndrome del impostor y días de frustración
  9. 39:10Curva de aprendizaje quirúrgica y plan B
  10. 43:40Sobretratamiento y honradez: a quién no se le hace

Temas tratados

  • Formación y posgrado
  • Docencia
  • Cirugía oral
  • Implantología
  • Ética profesional
  • Bienestar profesional
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